"El confuso estruendo de Londres era como el registro de un órgano lejano"

martes, agosto 09, 2011

"As time goes by"

Buscó en su cajón. Lo abrió mordiéndose el alma y rebuscó, que es distinto a volver a buscar. No encontró tinta en él: ni azul, ni negra, ni de calamar. Recargó, que no es volver a cargar, su vieja estilográfica. ¿Que con qué la recargó? Pues con saliva, desde luego (que no es lo mismo que "habrase visto")

Ya no trataba a las cosas de la misma manera con la que las trataba cuando se consideraba cosa ella misma. Ahora veía que un libro y un plato no se rompían de la misma manera, que un corazón era un libro, y la sensatez pura maldita porcelana.

Les contó (que no enumeró) a sus hojas, sus sospechas en cuanto al paso del tiempo. Les preguntó por qué si es una línea recta, los relojes mienten, y se visten de esferas.
Así que, decepcionada, dio un sorbo a los minutos y los escupió para perderlos un rato.
Ya nada se quedaba para ella, sólo el color azul de su estilográfica. Sólo ella sabía cambiar el color de la saliva.

lunes, agosto 08, 2011

"Creamed ice"

A veces se sentaba en el borde de los puertos, rozando un poco los barcos, contagiándoles la humanidad y enseñándoles que es mejor estar en el suelo que flotando en algo incoloro. Les ofrecía barquillos de comer a los pájaros, y ellos la picaban para decirle que lo que de verdad querían, era a ella. Ella les abría la puerta y les dejaba que confundiesen sus pecas con granos de maíz. Se dejaba, se dejaba llevar, o eso decía. 

Entonces un niño venía corriendo y tropezaba con ella. Caía al agua y sacaba sus manitas y chapoteaba pidiendo salir. Ella cogía sus pájaros y se los lanzaba, ella era así.
Veía cómo se hundía el flequillo del pequeño y cómo burbujas compartían superficie con los barcos. No parpadeaba, dejaba a su corazón ocuparse de eso.
Masticó los últimos pedazos de barquillo y mezcló ese sonido con el del mar. Se puso en pies y pisó los pájaros que quedaban sin vida en el suelo. Desde hacía tiempo se los encontraba por el camino, ya estaba cansada de sortearlos, así que jugaba a pisarlos, como quién juega a pisar las rayas de los suelos de las calles.
Se alejó ensuciándose las plantas y moviendo las manos simulando olas, dejando atrás al sol y caminando en busca de otra estrella más grande.

miércoles, mayo 25, 2011

"Oh"

Verónica, sabe. Verónica realmente sabe.
Sabe cuándo y con qué comestibles de catering. Ella toca la flauta y reúne centenares de Edelweiss para que la inspiren a ella y nada más que a ella. Versea cantos y la cubren con perfume. Sabe porque le chiflan sus pinceles, los ha descubierto, juega con ellos y los explota al máximo, como explotan las burbujas que Julia hace con su lengua. 
La de Julia.
Entonces ocurre, y ella lo hace: Su tonalidad se vuelve susceptible y su boca un universo.
La de Verónica.

Julia mientras se muere de envidia. Adolece de ganas y las adulza con pinturas. Pinta caudales por los que se imagina en compañía. Busca a algún pinchauvas, según Verónica, y se vuelve acuática junto a él.
Le pierde el hambre de rodillos de pintura y canela, en vez de los Edelweiss.
Verónica, sin embargo, no envidia a Julia. Ella achucha sus pinceles con cada acuarela, con cada fresa. Prefiere dar suaves, elegantes y ágiles pinceladas, a romper y emborronar partituras con un rodillo de pintura.

Pero claro, Verónica tiene guantes de encaje pequeños
y Julia, Julia tiene los ojos más grandes que el mundo jamás haya visto.