"El confuso estruendo de Londres era como el registro de un órgano lejano"

lunes, marzo 11, 2013

"Yo te sonrío como ellas"

Lo que para unos es un desastre, para otros no tiene porqué serlo.
Se es consciente de eso, pero resulta que el ser humano es un gorrión egoísta que quiere todas las migas para sí, sin dejar nada a las palomas ya rellenitas.
La verdad es que yo me considero gorrión de fina clase, de esos que de vez en cuando reparten el pan entre las lagartijas. Lo hago porque sé que no es de su agrado, lo hago porque me dirán "No, gracias" y yo podré comerlo después.
Pero la cuestión aquí era que los seres humanos son gorriones egoístas, aunque más lo soy yo, que no puedo reconocer que el único gorrión egoísta aquí soy yo. ¿O eso no sería ser egoísta? Sea o no sea, lo soy de todas maneras, no paro de hablar de mí como gorrión, o como egoísta, o como de gorrión egoísta.
El hecho es que un desastre para esa paloma rechoncha, puede ser una bendición para mí. Así, la paloma no debería de odiarme ni guardarme rencor, no debería de ser egoísta y debería de alegrarse y sonreír con su piquito, al ver que a este gorrión le va bien la vida de pájaro.
Y lo hace, la estoy viendo, con sus patitas rotas convertidas en muñones. La veo que da saltitos con la pata izquierda y que intenta no tropezar con el hilo que tiene enredado en la derecha. 
Esa paloma me enseña sus dientes blancos y se le colorean las mejillas al sonreír.
Esa paloma es feliz viendo que yo, como gorrión, vuelo ligero y cojo gusanos, migas y caviar de vez en cuando. Yo no tengo hilos enredados en las patas y yo no soy gris, no llevo la pena de por vida en mis alas.
Lo sé y lo veo. 
Lo que no sé es por qué me veo como ella al asomarme en los charcos de agua.

miércoles, mayo 23, 2012

You could be happy, I won't know

La caracola, que era joven, que era inquieta, se sentó dando la cara al mar. De esta manera no tomó carta en el asunto de arena y sal. Sus vecinas compartían segundos cada día y cada noche; a veces más eternos y otras más fugaces de lo normal. Discutían porque querían estar siempre juntas y las sinvergüenzas de las olas no las dejaban cogerse más que un ratito, obligándolas a soltarse cuando ya casi se habían olido.

La caracola, que era joven, que era inquieta, recuerda muy bien cuando arena era piedra. Era poderosa, era fuerte y sentía con más partes de su cuerpo las veces que sal la acariciaba. Sal, en aquella época, disfrutaba picando a arena y llamando su atención, yendo y viniendo con las olas, con los minutos y con más caracolas inquietas.

Así, los años y las mareas iban pasando para todos y para todas. Sal y arena estaban destinadas a no encontrarse del todo nunca y no soportaban esa idea. Querían parar las olas, querían que las mareas fuesen estables y querían que el sol apagase la luna. Rogaban por cogerse al menos más que unos segundos, sentirse e intercambiar algún que otro mineral.

La caracola joven e inquieta miró a arena y la vio llorar. Después miró a sal y no distinguió entre  olas y lágrimas.

No podía hacer nada, no podía ayudarlas, no quería ver ni a una ni a la otra.

Echó un vistazo al horizonte y decidió que lo mejor era ser caracola y, en un futuro, acabar siendo adorno de alguna niña en algún que otro collar.

domingo, octubre 30, 2011

"Gone with the wind"

Volvía al café solo, no leche, no tres granos de azúcar, no agua de más, no galletas acompañando.

Lo tenía en su termo desaparecido y bien grabado en sus recuerdos. Lo agarraba fuerte hasta que se le fueron rompiendo poquito a poquito los huesos de los dedos. Hacían "crac" y quedaban colgando. Es que hacía mucho frío.
Avanzaba por la calle y todo era de color cemento y ceniza. Sus botas eran color sol, y su vestido color tierra. 

Mientras se alejaba o se acercaba, depende de cómo se quiera mirar, encontró a un hombre con pipa sentado en un banco. Un hombre muy hombre, muy con bigote y muy con chaleco y con labios secos.
Pasó a su lado y éste la buscó con los ojos. Ella arrastraba el paraguas al moverse y tarareaba.
"Mira, niña. ¿Ves este viento? ¿No es maravilloso? Es viento de castañas"

No se paró a ver si decía algo más, él giró la cabeza y miró para otro lado sonriendo. Así que ella hizo lo mismo. Caminó pensando en esa frase y en que el viento era amigo de castañas o mejor dicho, posesión de ellas. Pensó que igual todas las cosas tenían parte de viento para ellas y que ella ya no tenía nada, porque ella iba de aquí para allá, movía cosas y a veces se quedaba quieta, por lo tanto, también era viento, y si era viento, era posesión de castañas.